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Las fotos lo dicen todo en la película “La Sociedad de La Nieve”

“Muchachos, miren para acá para una fotito”, pide Tintín a sus compañeros que posan alrededor del Fairchild FH-227D destruido en medio de la Cordillera. Transcurridas una hora y cuarenta minutos de la película la “Sociedad de la nieve”, Tintín (Agustín Della Corte que interpreta a Antonio Tintín Vizintín) mira por el visor de su máquina analógica y hace clic. La película continúa con fotos reales recreadas de lo que será el Milagro de los Andes. Como cuando parten del aeropuerto de Carrasco Uruguay; otra sacada en pleno vuelo y de los días en la montaña hasta que los rescataron.

Este film del director español Juan Antonio Bayona, ya consiguió dos nominaciones para los premios Oscar. Es el relato del accidente que sufrió el 13 de octubre de 1972 la aeronave de la Fuerza Aérea Uruguaya, que trasladaba a un equipo de rugby Old Christian Club –junto con algunos amigos y familiares–, y que no logró llegar a destino porque se estrelló en el corazón de la Cordillera. De las 45 personas que iban a bordo, luego de 72 días de avalanchas, frío, hambre y fatalidad, solo sobrevivieron 16. El inesperado rescate ocurrió el 23 de diciembre de 1972. Tanto Uruguay como Chile hacía semanas que habían abandonado la búsqueda de los pasajeros en el valle de las Lágrimas, una pared de rocas y hielo a casi 4.000 metros de altura en la frontera entre Chile y Argentina.

Las fotografías reales de la tragedia tienen un rol protagónico en “La sociedad de la nieve”. Algunas fueron tomadas por los pasajeros antes de embarcar en el vuelo, en su escala en Mendoza y dentro del propio avión. Otras, durante sus días en los Andes.

Las familias de los que no consiguieron regresar o los propios sobrevivientes han cedido imágenes previas al accidente para la filmación. Uno de los más activos en tomar fotos fue Roy Harley, que en el momento del accidente tenía 20 años y jugaba de wing derecho. Su padre le había prestado su cámara y tenía siete fotos en el rollo. La cámara es hoy parte de la colección permanente del Museo Andes 1972 ubicado en Montevideo.

Todo el material fotográfico ha servido como fuente de inspiración para las películas de ficción basadas en hechos reales que se han hecho con posterioridad. A lo largo del film, se puede ver cómo se reconstruyó cada detalle de la historia real con asombrosa fidelidad.

Un minuto y seis segundos después de que Tintin le sugiera al grupo que sonrían para la foto, Numa (Numa Turcatti Pesquera, una de las víctimas que murió en la montaña, interpretado por el actor uruguayo Enzo Vogrincic) dice con voz en off: “Tintín se empeña en sacar fotografías, como si tomara recuerdos de un viaje que tiene fecha de regreso. Me pregunto para quiénes serán esas imágenes. ¿Para nosotros?”. Y continúa: “Yo no voy a llegar a verlas. Tal vez sean para nuestra familia o para otras personas que ahora mismo nos recuerdan mirando fotografías que nos tomaron en el pasado. Y al mirarlas volveremos a vivir en su imaginación, porque se harán exactamente las mismas preguntas que nos hacemos nosotros. ¿Qué les pasó? ¿Qué nos pasó? ¿Quiénes fuimos en la montaña?

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“Las imágenes reales fueron fuente de inspiración de la película y están recreadas respetando cada detalle”.

“De las 45 personas que iban a bordo, luego de 72 días de avalanchas, frío, hambre y fatalidad, solo sobrevivieron 16”.

 “¿Para quiénes serán esas imágenes? Tal vez para nuestra familia o para otras personas que ahora mismo nos recuerdan mirando fotografías que nos tomaron en el pasado. Y al mirarlas volveremos a vivir en su imaginación”.


Entrevista exclusiva a Pedro Luque Briozzo, director de fotografía de “La sociedad de la nieve”.

Por Agustina Desirello Paz 

A veces la vida da giros inesperados. Podés ser un estudiante de Medicina, un jugador de rugby, un joven en busca de aventuras y verte envuelto en una de las tragedias aeronáuticas más recordadas de los últimos cincuenta años. Podés trabajar como director de fotografía dedicado al rodaje de publicidades y películas de terror, y que de un día para el otro te convoquen para participar en el proyecto más ambicioso de Netflix en habla hispana.

            Pedro Luque Briozzo (Montevideo, 1980) usa ahora sus dos apellidos, pero no siempre fue así. Cuando pasó de hacer fotografía para la publicidad de Ricardito a desembarcar en Hollywood y lograr éxitos de taquilla al estilo de No mires (2018) y Extinción (2018), se dio cuenta de que tenía que mencionar a su mamá, homenajearla de alguna forma. “Imaginate, a estos gringos se les hace un nudo en la lengua tratando de pronunciar mi nombre completo”, sonríe al contar la anécdota. Después de más de veinte años en la industria, conoce su trabajo y sabe que lo hace bien. Habla con humildad, aunque con total conciencia de sus logros. A través de la computadora se puede ver la amplia sala de estar de su casa en Los Ángeles, donde vive con su esposa y sus dos hijas pequeñas. A pesar de estar allá y hablar inglés con fluidez, entre frase y frase se le escapa un “ta” y algún que otro “viste” bien uruguayo.

El arraigo de Luque con su tierra natal es tan poderoso y de tantos años como su amor al arte. Hijo de mamá psicóloga y papá arquitecto, declara con orgullo que en su casa siempre hubo materiales a mano para expresar cualquier inquietud creativa. De chico le interesaba la literatura, especialmente las historietas. El primer maestro que reconoce es el pintor Enrique Badaró, amigo de su padre. En su adolescencia, tomó clases en su taller, durante casi cinco años. “Me hacía pintar al óleo”, dice con cariño. Por ese entonces ya andaba de acá para allá con la cámara, fotografiando bandas de hardcore punk en Montevideo, Buenos Aires y hasta en Chile, y haciendo algunos cortos y animaciones con sus amigos. Estaba a punto de empezar la carrera de arquitectura cuando un amigo de La Blanqueada (su barrio natal) le mencionó que podía estudiar en la Escuela de Cine de Uruguay. Fascinado, no dudó en anotarse.

Por fortuna o casualidad, ese mismo año a Enrique Badaró le ofrecieron hacer la Dirección de Arte de la película Llamada para un cartero, de Brummell Pommerenck. “Che, Pedro, vos que estás estudiando cine, ¿no querés venir a darme una mano?”, le propuso su mentor, abriendo las puertas de lo que sería la industria que lo acogería. Fue asistente de utilero y experimentó por primera vez cómo se trabaja en un set. “Llegó la hora de la comida y dije ´pará, ¿la comida es gratis? ´, cuenta, evocando la inocencia y el asombro que tenía por aquel entonces.

          Gracias a ese trabajo conoció a Patricio Rodríguez Macera, director de fotografía de la película, quien le fue enseñando de qué trataba el oficio. “El Pato” –así lo llama– fue quien lo empujó a ser cinematógrafo. Pedro cursaba de noche en la Escuela de Cine, había entrado a trabajar en TV Ciudad, y hacía comerciales. Era asistente de producción, asistente de cámara, locacionista… Y en un momento le aconsejó “si querés ser fotógrafo, cuando te llamen tenés que decir que sos director de fotografía y mostrar el reel. Luque Briozzo tenía ya veinticuatro años (“tremendo pelotudo”, acota, burlándose de sí mismo), había vuelto a vivir a la casa de su madre, y podía tomar ciertos riesgos. Con Gustavo Hernández (director uruguayo) estaban filmando un comercial del chocolate Ricardito, pero querían lanzarse como cinematógrafo con alguna producción propia. Fue cuando su amigo Fernando Rojo (productor) volvió de un festival de cine de Inglaterra y les comentó que a nadie le interesaban las películas costumbristas uruguayas, que capaz podían vender una película de terror bien hecha. Así surgió Ataque de Pánico, cortometraje de terror dirigido por Federico Álvarez que los catapultó a la escena internacional.

Pedro reconoce en el terror no solo un billete de ida a Hollywood sino una herramienta poderosa: “te da un espacio para gastar poca plata y poder inventar algo nuevo”, afirma. Ahora no hay tanto espacio para películas originales, todas son remakes o propiedades intelectuales previas, así que ese género le dio un lugar para crear una historia. Por otra parte, las películas de terror son muy expresivas a nivel visual, lo que favoreció a su desarrollo.

La Sociedad de la Nieve

La aclamada película sobre la Tragedia de los Andes merece un capítulo aparte, ya que se trata de un hito en la carrera de Pedro Luque Briozzo. En 2021 recibió un llamado para participar de la producción, y no volvió a mirar atrás. La considera el desafío más grande de su carrera, valiéndole un Premio Goya a la Mejor Fotografía.

A pesar de tratarse de un género radicalmente diferente a los que venía trabajando, está convencido de que el “ojo ominoso” que desarrolló gracias a las películas de terror y ciencia ficción dotó al largometraje de una tensión persistente. “Hay una pulsión creativa en lo que hago que genera vértigo con las imágenes y transmite emoción”, asegura relajado, sin alardear.

Para La Sociedad de la Nieve se vio en la obligación de balancear cuidadosamente lo técnico y lo sensible, ya que se trata de un drama trágico con alta carga emotiva que fue filmado en dos locaciones exteriores (los Andes y Sierra Nevada) y un estudio. No solo debió sintetizar los sentimientos que se interpretaban frente al lente, sino también  coordinar un multitudinario equipo de trabajo para lograr que el resultado final fuera homogéneo y fiel a la historia original.

En cuanto a estilo, el uruguayo tuvo considerable libertad de decisión. Juan Antonio Bayona (o simplemente “Jota”, como lo conocen sus colegas), el español que dirigió el largometraje, propuso una forma clara de abordar la historia: contarla desde el punto de vista de los que no volvieron. Y más allá de eso, a nivel visual dio lugar a que Pedro hiciera su magia. “Igual no me interesa ser un espíritu libre, sino que la película funcione y que el director lleve a cabo su visión”, aclara.

La clave para lograr mantener el mood característico de la película a lo largo de todas las escenas fue tener un equipo humano y técnico a la altura de las circunstancias. “Hubo muchas charlas acerca de cómo debía ser y, después de eso, vino la planificación pura y dura”. Un equipo se ubicó en la Cordillera de los Andes e hizo tomas de paisaje, mientras que los planos de montaña en que aparecen los actores fueron elaborados en Sierra Nevada (España) bajo el comando de Luque Briozzo. Por último, contaron con un estudio interior y un backlog: una reproducción del escenario real elaborada con espuma, andamios, nieve falsa y el fuselaje para construir las escenas del avión.

Pero, ¿cómo lograron intercalar las tomas de todas estas locaciones de forma tal que el cambio de escenarios fuera imperceptible al ojo espectador? “Les pedimos a los encargados de los efectos visuales que hicieran un software con ilusión”, explica como si le pareciera lo más increíble del mundo. Se trata de una especie de videojuego que te daba el día y horario en que habría condiciones similares para recrear en cada locación la tragedia vivida en 1972. Por otra parte, el equipo de rodaje y el de postproducción hicieron una labor meticulosa para alcanzar el producto final homogéneo, hiperrealista.

El fotógrafo no se anda con rodeos y admite que la mítica escena de la avalancha fue la más desafiante de todo el rodaje. “Estuvimos unas dos semanas haciéndola, fue lo peor”. Los planos eran complejos a nivel técnico y peligrosos para los actores, que debieron sumergirse en una estructura de telgopor cubierta con unos treinta centímetros de nieve real. “Parecían pescaditos”, bromea ahora, y explica que la cámara tenía que estar todo el tiempo siguiéndolos para poder captar las imágenes de angustia y desesperación. Al final del día, el esfuerzo y las soluciones plano a plano dieron sus frutos, ya que lograron componer una secuencia que quita el aliento. Con un brillo en la voz destaca que los momentos de improvisación son sus favoritos. Explica que, en ciertas escenas, Numa (interpretado por Enzo Vogrincic) se mete físicamente en la oscuridad, cubriéndose la cara o apartándose del cuadro y que “esa gestualidad sui géneris añade capas de sentido a la fotografía de la película”.

Más allá de la complejidad técnica, lo más duro para él fue estar lejos de su familia durante los veinte meses de rodaje. La experiencia fue emocionalmente desgastante. No solo porque sintió una responsabilidad añadida al ser uruguayo y tratarse de una tragedia tan dolorosa y recordada en su país, sino porque él siempre se involucra en las historias que elige contar. “Si bien nunca dejo de reírme o pasarla bien, más de una vez me encontré llorando delante del monitor”, confiesa.

“¿Y cuál fue tu mayor éxito?”. Se toma unos segundos más para responder. “La mejor película siempre es la última”, dice con entusiasmo, aunque luego agrega: “pero La Sociedad de la Nieve va a ser la mejor por un rato largo”.

“¡Vamo arriba!, se despide Pedro, antes de cortar.